El corazón que quiere al corazón ajeno es traidor. Lo guía el egoísmo y la poca conciencia. En libertad es de los males más grandes. Y parece posible y por qué no es mío y así va creciendo la fantasía que tanto daño puede hacer. En las almas en el fondo se llevará la culpa, de querer para si a quién no se debe. Y se harán trampas y males para conseguirlo, todo por querer lo que no es suyo. Se envidia lo que se ve. Trabaja, en el buen sentido, para conseguir lo que quieres, si no… ¡Aparta!
Jaime Garzón Rivero
N
«A mis niñas de Guadalcanal.»
Jaime Garzón Rivero
P
Jaime Garzón Rivero
L
Le decían «Decidín»
Era tan vago que no iba ni por tabaco. Le costaba comer y moverse y tenía bastantes kilos. Le decían «el Decidín» porque era el más flojo del pueblo. Tenía aún familia de la que daba rabia y pena. A sus 30 años hacía menos que un palo en el suelo y los amigos se hartaban de reír por los chistes que tenía. Ahorraba hasta saliva y palabra. Un tío tan parao que no tenía igual en todo el término. Pues también era hijo del Señor, y así, en un pueblo tan religioso, tampoco le hacían gran cosa. «Lo pobrecito que era» salía algunas veces. Y nada allí estaba «Decidín» en la plaza del pueblo cuando un buen día un infarto le dió. Que dió mucha penita a su familia que en el fondo lo quería y sus conocidos. «Ya se fue «Decidín»». Que era también hijo del Señor.
Jaime Garzón Rivero
E
El último Demonio
El último Demonio, susurraba una canción. Entre dientes mascullaba maldiciones. Levantó el viento polvo del camino mientras caminaba frente al ocaso. Nadie lo miraba e iba muy solo. Odiaba el Cielo y a la gente. Hizo el mal hasta que pudo y su sonrisa era irascible y perturbada. Se dirigía a su fin lleno de remordimientos, con la cabeza castigada por la conciencia de tantos crímenes. Allá en su alma se perdió el último Demonio.