E

El corazón de otro

El corazón que quiere al
corazón ajeno
es traidor.
Lo guía el egoísmo
y la poca conciencia.
En libertad es de los males
más grandes.
Y parece posible
y por qué no es mío
y así va creciendo la fantasía
que tanto daño puede hacer.
En las almas en el fondo
se llevará la culpa,
de querer para si
a quién no se debe.
Y se harán trampas
y males para conseguirlo,
todo por querer lo que no es suyo.
Se envidia lo que se ve.
Trabaja, en el buen sentido,
para conseguir lo que quieres,
si no…
¡Aparta!

Jaime Garzón Rivero

L

Le decían «Decidín»

Era tan vago
que no iba ni por tabaco.
Le costaba comer y moverse
y tenía bastantes kilos.
Le decían «el Decidín»
porque era el más flojo del pueblo.
Tenía aún familia
de la que daba rabia y pena.
A sus 30 años hacía menos
que un palo en el suelo
y los amigos se hartaban de reír
por los chistes que tenía.
Ahorraba hasta saliva y palabra.
Un tío tan parao que no tenía
igual en todo el término.
Pues también era hijo del Señor,
y así, en un pueblo tan religioso,
tampoco le hacían gran cosa.
«Lo pobrecito que era»
salía algunas veces.
Y nada allí estaba «Decidín»
en la plaza del pueblo
cuando un buen día
un infarto le dió.
Que dió mucha penita a su familia
que en el fondo lo quería
y sus conocidos.
«Ya se fue «Decidín»».
Que era también
hijo del Señor.

Jaime Garzón Rivero

E

El último Demonio

El último Demonio,
susurraba una canción.
Entre dientes mascullaba maldiciones.
Levantó el viento polvo del camino
mientras caminaba frente al ocaso.
Nadie lo miraba
e iba muy solo.
Odiaba el Cielo y a la gente.
Hizo el mal hasta que pudo
y su sonrisa
era irascible y perturbada.
Se dirigía a su fin
lleno de remordimientos,
con la cabeza castigada por
la conciencia de tantos crímenes.
Allá en su alma
se perdió el último Demonio.

Jaime Garzón Rivero